Home Historias de vida El mar, causa y efecto.

El mar, causa y efecto.

by Mar Marquez
El mar, causa y efecto.

El mar, causa y efecto.

Cara a cara con el deseo.


Me descargué esta foto del mar para ponerla en el fondo de pantalla y me atrapó en su inmensidad. Respiré profundamente.¿Es instintivo para todos o es el resquicio de una gaditana emigrante?

Me cogí de la solapa con desprecio. “Te vas de vacaciones sola de una puta vez, joder, que lo estás deseando y parece que te da miedo decirlo, pedazo de idiota”, me dije en voz alta y bien clarito.

Efectivamente. Me daba miedo decepcionar a unos y a otros, porque al vivir lejos, en vacaciones me toca contabilizar el número de visitas a mis seres queridos, y sentirme culpable si elijo otro plan.

¿Qué valor le doy a mi propia necesidad de aventura?

“La base de la vida es el deseo de vivirla y la base del deseo es la de vivir experiencias que te mantengan vivo a nivel corporal, emocional y existencial, ¿no?”, me digo.

— ¡Es que tú lo quieres todo! — me dicen.

— Sí. ¿Y? Deseo con pulsión voraz, ¿qué pasa? — les digo.

Hubo un tiempo, antes de ser Salvaje, que detesté esta hambrienta pulsión. No encajaba con el formato en el que había elegido vivir, y decidí no pensar para no enfrentarme a ellos. Entristecí.

¿Me abocará esta elección a una soledad familiar de por vida? Dice la Salvaje que no, y la otra, la que se peina de vez en cuando, a veces tiembla un poquito de miedo…

Es muy difícil vivir lejos de tu familia y grandes amigas. Muchisisisísimo. Pero te acostumbras lustrando cada día tu coraza anti-nostalgias y sacándole brillo a una espada valiente que te lanza a la calle a la conquista de nuevas voces. Lo elijo yo. Me gusta ser así. Aunque en el fondo…en lo hondo…


A lo hondo me fui para tomar perspectiva de la playa. Sentí cómo el agua se hacía cada vez más fría cuanto más nadaba mar adentro, alertandome de su poder, avisándome con un ‘te lo dije’ helado para evitar el beso robado de un socorrista.

Volví y me quedé brincando cercana a la orilla. Tras perder la cuenta de las vueltas que llevaba haciendo el pino, reparé en que estaba jugando conmigo. Descubro entonces, que no por tita lejana me he zambullido cada año entre volteretas y estudio exhaustivo de cangrejos ermitaños con mis sobrinos, no. Me gusta jugar, y nunca he dejado de hacerlo.

Me percaté que dos chicos me miraban desde la arena. Cada uno por su lado. Supongo que ver a una tía larga, flaca, en tetas, dando vueltas inútiles con el agua por las caderas se puede convertir en el entretenimiento de cualquier mirada playera. Sin embargo, una de esas miradas me transmitía algo más.

Pasé de los 8 a los 16 años en un segundo.

Había dejado mi ropa amontonada en la orilla y ahora, la arena la cubría. Levante fuerte.

Aquello era una parada casual. Me dirigía a otro pueblo costero, jugando de oca en oca, temática de estas improvisadas vacaciones, cuando se me cruzó el olor a aventura en un camino que se abría hacia la derecha. Tragaba polvo y baches mientras sospechaba que ‘como siempre, ya la estaba liando otra vez’ cuando apareció una kilométrica playa blanca de frente. Aparqué la moto. Fumé. En cuanto asomé la nariz a la arena no hubo marcha atrás. Con todo lo contrario a una equipación reglamentaria de playa, la pisé, me desnudé y sin mirar a derecha ni izquierda, tiré la ropa y salí corriendo hacia el agua.

Tras nadar largo rato, ya a lo lejos, fue cuando vi que había sombrillas colonizando espacios y niños de colores flotando y meando en la entrada al agua. Pero era una playa brava, inmensa, con viento y arena que te sacudía y sabía que mi despelote no sopesado no había infringido ninguna norma social, aunque sí había despertado algunas miradas.

Paré el juego delfinesco y decidí salir del agua más por el insoportable dolor de pezones que por voluntad propia. Con 16 años me gustaba tontear con todo aquello que me resultara susceptible de ser atraído. Y con 13 con todo aquello que me atraía a mí. (Valiente esa niña de 13 que se declaró a su monitor de 21 en un Bailar pegados de Sergio Dalma… pero esta es otra historia…)

Salí sacudiéndome el agua del pelo. Me sentía Halle Berry decolorada por un mal detergente de anuncio noventero. “Hoy puedo ser quien me apetezca” pensé. “Soy una aventurera geóloga que anda estudiando las singularidades rocosas de la zona, soy una afamada bióloga que cada verano visita Cádiz por estudios ovíparos superextraños, soy una megaejecutiva de Wall Street que tira tacones y maletín para nadar por las playas y cargarse de energía yogui, soy una motera que viaja sola escribiendo en un blog…”

El chico no se cortó en mirar cada paso que me secaba y yo me sonreí cabizbaja pensando esta sarta de tonterías que me entretienen tanto conmigo.

Me vestí despacio. Primero el pantalón que me ceñía la cintura y pronunciaba así más mi pecho. Después la camiseta y la chaqueta, sintiéndome observada. Me crucé el bolso. Zapatos en una mano, casco en la otra y después de un gesto de “¿ya está todo?” inicié un andar patudo (de pato) hacia tierra firme. Es difícil contonear las caderas como una quiere en la arena seca que se hunde, aun así me mantuve lo más deseable posible, porque el erotismo hacia un extraño al que jamás tocaría, me había envenenado.

A unos metros por encima del nivel del mar, en una distancia que me alejaba lo suficiente de él, me di la vuelta y allí estaba; me sonreía, o quizás era una mueca de ceguera por el sol. Vestí los zapatos allí, visible aún, paladeando el final de esta historia. Preparé las llaves de la moto en la mano y rápidamente le lancé un adiós y un beso.

Corrí hacia la moto, me coloqué el casco, arranqué y me fui sin mirar atrás.


Disfrutar del deseo nos hace libres.

¿Calientapollas? Por supuesto. Y él ¿calientacoños? Por supuesto. De eso se trata. De avivar el deseo, de jugar , de fantasear, de tener un mundo interior rico en sensaciones.

El deseo de visitar cada playa, sin compromisos, sin tiempos, sin alojamientos acordados, sin intenciones, ni expectativas ni visitas al móvil me hizo quererme y aprender a escucharme un poquito más.

El deseo erótico me hila a este mundo desde que tengo uso de razón. Los permisos y prohibiciones a los que me he enfrentado desde entonces marcan la historia de esta vida que me empeño en vivir desde ahí.

Mis deseos como olas, con la fuerza del océano.

Mujeres en la playa, Fernando Botero (Colombia, 1932) volumetría exaltada que impregna a las creaciones de un carácter tridimensional, así como de fuerza, exuberancia y sensualidad, junto a una concepción anatómica particular,

Entradas Relacionadas

Leave a Comment