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Unos cuantos tratos malos.

by Mar Marquez
Unos cuantos tratos malos.

Unos cuantos tratos malos.

De cómo no estar de acuerdo después de un acuerdo.


Tengo un par de cajones llenos de ‘eurekas’ miserables.

Acertar con los tratos no son mi fuerte. Alguien tan pasional como yo no suele velar por sus intereses cuando estrecha la mano que confirma el acuerdo.

No cierro buenos tratos en mis condiciones de amante. No lo hago tampoco en mis condiciones laborales. A veces tampoco lo hago en mis condiciones de amada. Y me doy cuenta, siempre y después; ¡Eureka!

Tarde.

Una lealtad, innata y cultivada a partes iguales, me hace permanecer fiel a las palabras que se tornan compromiso, promesa y juramento y acabo cargando una cruz propiamente tallada hacia la tumba de la relación propiamente cavada.

He pactado desde el consuelo del otro. He pactado desde la complacencia de los demás. He pactado desde el miedo a la pérdida, el miedo a la decepción, el miedo a la libertad de los otros y de la mía propia.

He pactado para encadenar mis propios pies y he pactado desde la mentira para obligarla a tornarse verdad.

Conmigo misma me divierto pactando sobre no llegar tarde, sobre propósitos de felicidad que se leen en una taza del jodío del Mr. Wonderful (haterrr) o sobre rutinas contrarias a mi esencia que me duran unas semanas. Pero con los demás pacto normas , reglas y cláusulas sin notario que sigo a rajatabla, me gusten o no.

¿Conciencia, ética, moral cristiana, cobardía? ¿Incumplo mis tratos pero entrégome a los que cierro con los demás?

Me temo que hay una incógnita para descifrar: el valor diferente que se le adhiere a cada una de las propuestas y su por quéDe lealtad presumo pero, ¿se puede ser más leal a los demás que a uno mismo? ¿Deberían ser igual de flexibles los principios morales que establezco conmigo a los que me relacionan con el exterior y los demás? ¿O igual de inamovibles?

¿La lealtad es un valor para presumir? Le acompaña significados como principios morales, fidelidad, compromiso establecido, obligaciones.

Leales son los soldados en una guerra de sangre. Leales son los desposados que dejaron de amarse y solo mueven el dedo del televisor. Leal y obediente es el ejemplo de siempre, el perro, que suelta el palo que le hace feliz porque tú se lo pides.

¿Es posible ser fiel a uno mismo y con los pactos que le vinculan a los demás? ¿A la vez?


1.Acordé con un amor de mi vida que follaríamos como debíamos hacerlo con los 19 años que nos dibujaba en el escenario de una ciudad estudiantil altamente concurrida. Follaríamos libremente, en la distancia de la palabra que aterraba a los jóvenes enamorados del Genil : Erasmus.

Erassssmussss, erasssmussss, asibilaban los demonios en las pesadillas de finales de los noventa, contando los minutos que les enmarcarían en la tragedia que se advendría pocos meses después.

Yo era una tía superguay con 19 años. Era rarita, me costaban las relaciones personales según en qué ámbito, por ejemplo, en la universidad, las odiaba. En los bares, bastante mejor, había alcohol y siempre me he entendido bien en códigos sensuales.

Me ponía roja por todo: en el mercado, en clase, en la cafetería. Menos en los bares. Era una tía superguay porque me cortaba el pelo sola, me ponía la ropa que me hacia mi madre y que yo diseñaba y me importaba mucho más mi mundo interior que lo que me rodeaba en general. Tenía la habitación llena de recortes de revista que llevaba guardando desde que tenía 14 años. Cojines en el suelo donde sentaba a mis multitudinarias citas y me fumaba mis Fortunas hablando de música y filosofía. Mi habitación en mi primer piso compartido en el que vivía muy triste pero aventureramente sola.

Era una tía guay porque yo fui la que animé a mi gran amado a entregarse a ese demonio de Erasmo de Róterdam . Yo fui la que redactó el guión de las voces que cruzaron un pacto: ‘A nuestra edad un año es mucho tiempo, diviértete en el extranjero, yo lo haré en esta ciudad. ¿Qué te parece si en cuanto surja tan solo la duda de nuestro amor nos lo contamos y gestionamos?

Me sentía feliz, segura, tranquila. El amor me vestía, entera. Me abrazaba entera. Me estimulaba entera. Cuanto mas vivía mi vida libre más le amaba. Cuanto mas follaba con otros más me unía a él. A su esencia, a su recuerdo, a su escritura manual en las múltiples cartas de sello y remite, a sus cada vez más espaciadas llamadas al teléfono común de la residencia femenina donde comencé el segundo curso, para combatir tanta soledad y tanta tristeza.

Un mal trato. Difícil le fue recitar las verdades del corazón, y optó por un modus operandi que me ha perseguido varias décadas con diferentes rostros. Ese del no te miro igual, no me río igual, no estar a solas y no dar la mano en la calle. Ese del ‘ Píllalo, Mar, que eres lista’.

“Te dejo amándote, porque debo protegerme y cuidarme”. Ese fue mi inteligente y duro fin. Ese fue un muy mal trato; confiar en que un chico de 19 años iba a tener la inteligencia emocional de enfrentarse a un conflicto tan gigantesco como el que yo le planteaba desde el universo utópico relacional en el que nací y sigo.

Mal trato. Muy mal trato. Y avancé, en La Oca, hacia la casilla del honrarme un poco menos.

2. Mal trato el aceptar las palabras hirientes de un amante que me llevó a una anorexia veraniega. Dos pasitos más lejos de mí.

3. Mal trato la condena de acuerdo que acepté para ser perdonada por un noviete, sin pena ni gloria, de una infidelidad con alguien que me puso a cien en la esquina de la calle de un bar concurrido, como una cualquiera (estaba deseando escribir esto alguna vez: como una cualquiera, una cualquiera, una cualquiera…) Otra huella.

4. Mal trato . Muy mal trato el de dejar de consumir drogas en fiestas no por mí. La idea era que el que poseía mi corazón y mi juventud divino-tesoro-ya-te-vas-para-no volver, no lo hiciera, y superara así lo que yo solita diagnostiqué, desde un corto internet imberbe, como un problema de drogadicción social que le alejaba de besos, caricias y noches de alcoba. Twenty pasitos away from.

5. Mal trato fue abandonar el posado de desnudos para fotografía y pintura que tanto me hacía volar, para proteger lo que me pareció el dolor extremo de mi gran amor. Y mal trato el prometerme a mí misma delante de ningún espejo que no me quejaría de esta decisión que era propia e intransferible. Ya estaba a 50 zancadas de mi propia fragancia.

6. Mal trato ha sido entregar mi espacio e intimidad adulta sin percatarme que era la única de las dos partes que la estimaba, adoraba y necesitaba. Un error de cálculo, una tremenda ansia por el cambio y una demasiada urgencia por cumplir sueños.

7. ¿Y qué decir del altruismo que me invade en la cama y me deja exenta incluso de acordar mis propios requisitos, cláusulas y necesidades antes amantes egoístas, narcolépsicos o aburridos? Otro defectuoso mal llevado acuerdo que ha terminado por alejarme de camas de una noche.


¿He aprendido alguna lección? ¿Alguna moraleja a este discurso negativo en el que parece que se han perdido muchos torneos y ganado no más que un coscorrón de cuando los profes nos pegaban?

A veces pienso que soy menos impulsiva y apasionada a la entrega porque he practicado todas estas lecciones que han calmado mi carácter.

Carácter, esencia, naturaleza y alma son sinónimos y el impulso y la pasión formaran parte de los ingredientes que conforman la receta en la que se fabrica este yo mío, siempre.

Así que, no, el carácter no se calma, se carga de miedos y se comporta como otro diferente, ajeno, forastero.

Se me llenó la salvaje de miedos. Dejó de ser la niña guay de finales de siglo y fue enterrando ese yo silvestre que le mermó el instinto y la capacidad de negociar buenos convenios. Volver a ser leal a mi naturaleza para volver a entregarme sin miedos a ese amor salvaje, pasional y fiel algún día, sería un muy buen contrato conmigo por donde empezar.

Foto de Portada: The Lobster, 2015, de Yorgos Lanthimos. En un distópico futuro cercano, de acuerdo con las reglas de la ciudad, las personas solteras son llevadas al Hotel en el que están obligadas a encontrar una pareja en cuarenta y cinco días o, de lo contrario…

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