Home Relatos eróticos Tres reyes godos

Tres reyes godos

por Mar Marquez

Me elevé y comencé a ver la escena a vista de pájaro. ¿Cómo había llegado hasta allí? Odio esta pregunta, típica de los que no se quieren hacer responsables. La respuesta estaba clara. Saúl me había vuelto a ganar.

Desde arriba lo veía todo. Me veía rodeada de hombres. Eran tan sumamente atractivos que llegué a dudar si me hallaba en plena fantasía masturbatoria. Se me escapó una risa al percatarme de que no. Estaba bien despierta y esta carcajada hizo que Agila abriera los ojos y me lamiera con más ahínco.

Qué rabiosa que he contestado antes. Escondo algo, cierta vulnerabilidad, ¿quizá? Saúl me había ganado con este regalo sin igual. Cada año me esforzaba en sorprenderle en esta manida fecha que nos gusta celebrar como acto de rebeldía. “San Valentín no es más que un invento del capitalismo consumista”, oía una y otra vez en los círculos que rodeaban nuestra vida. “¡Pues a nosotros nos encanta celebrarlo!”, contestaba yo ante la cara atónita de mis interlocutores y la mirada traviesa que nos unía a Saúl y a mí. “Pues no te pega, Mar. Tú que tanto hablas de…”, acertaban a decir siempre año tras año, en una y otra reunión cuando se avecinaba el catorce de febrero.

No, no estaba soñando. Era real, real de realeza. Tres reyes para mí, en un reino sobre el que iba a gobernar solo yo, con poder absoluto. Pero eso lo sabría después, cuando Saúl saliera de aquella habitación y me dejara colgada. Literalmente. Colgada en un columpio sexual. Theudis, Agila y Rodrigo, mis tres reyes godos, coronaban con su carne al desnudo cada vértice del triángulo que, juntos, íbamos a trazar.  En cada giro de cuello me encontraba a uno de ellos y los tres me miraban expectantes, esperando que la siguiente orden saliera de mi azorada garganta.

***

Habíamos salido a cenar, como cada año. Como cada año, nos habíamos enfrentado de nuevo al cuestionario de los descreídos de dicha celebración. E igualmente, como cada año, habíamos rebatido con la historia de Lupercalia, nuestro afán por mantener viva la lujuria en el mes de la fiebre. ¡Le debo tanto a febrero! Me había traído a la vida entre sus días de perverso carnaval, así que todo lo que aconteciera en él tenía, además, ese plus de defensa irracional posesiva que te nace en el estómago.

“Este cabronazo de Saúl, me ha vuelto a ganar, ¡joder!”, pensé allí colgada, desde el indomesticable sentimiento de competición que me abordaba en el intercambio de nuestras sorpresas. Una caja con un juego, un libro, una cuerda y un puñado de juguetes sexuales esperaba debajo de la cama de nuestra habitación. Y no sería hasta la noche siguiente que se pudo desembalar mi regalo. ¿Ves? Aún me cabreo al recordarlo. Aún creo que este punto de soberbia hizo que gobernara este reino godo con la ira de una soberana enajenada…

Saúl sabía de mi rivalidad constante. También sabía el poder que mi rabia tenía en mi placer y, al parecer, ignoró durante todo el día mi regalo, para sacar esos morritos de mujer consentida que pongo cuando las cosas no salen como yo quiero. Saúl sabía despertar mi despotismo, y sabía que tenerlo a flor de piel iba a ser necesario para su regalo: una de mis fantasías.

***

Colgada y balanceante en medio de esa habitación, me dispuse a cumplirla sin reparos. A la derecha, Rodrigo sostenía una tremenda erección con la que me apuntaba retador y a la espera de mis palabras. Lo agarré de aquella manera, de la misma polla. No merecía el respeto de una caricia tanta firmeza descarada. La succioné sin más. No me entretuve en lamerla o adorarla. Ni observar a su dueño ni nada por el estilo.  No lo hice porque no le estaba regalando placer. El placer de colmar mi boca con semejante rigidez era mío, y golpeé mi propio paladar tirándole del rabo a mi antojo. Mientras, a la izquierda, Theudis parecía observar la escena con especial interés y su mano se agitaba violentamente, cuando decidí girar la cabeza, interrumpirlo y zambullirle en mi garganta con la misma intensidad con la que había vapuleado al rey anterior. Paré. Miré rítmicamente a cada lado, en una simulada negación exagerada con la que tan solo quería admirar la escena. “Tengo dos brazos, dos manos y una polla en cada una”, certifiqué en un flash de lógica aristotélica, atolondrada por la emoción.

Levanté la cabeza y miré a lo lejos, más allá de mis pies, donde Saúl se reía mientras se abrochaba el pantalón. Había estado observando la escena detrás de Agila, que llevaba largos minutos lamiendo cada pliegue de mi vulva. Me agarró los pies y besó cada uno de mis dedos con cariño, antes de irse. Gesticuló un ‘Feliz día de San Valentín, mi amor’ y un ‘Te espero fuera’ insonoro. Me percaté entonces de que ‘Fluidos en Movimiento’ era la banda sonora que llevaba rato presidiendo esta pequeña estancia.

Saúl salió y comenzó la batalla de mi reino.

Theudis no pudo apartar su verga de mi cara en un largo rato. Lamer un glande como un helado mientras unas manos grandes y cálidas tensionan mis pezones, me ha izado siempre a altos grados de éxtasis carnal. Pero hacerlo mientras Agila y Rodrigo se coreografiaban lamiéndome uno y follándome suave el otro, sin pausas, en el ritmo preciso del aguante infinito… ¡Eso! Eso me hizo flotar en el columpio de aquella pregunta que al principio me ofendía contestar. Saúl me había llevado allí y Saúl había ganado.

Allí estaba, esperándome fuera. Tranquilo y  risueño: “Hola, mi reina”. “Te odio, cabronazo”,  le pegué, mientras nos reíamos imaginando la cara de nuestros amigos, ateos del ‘consumo de-experiencias-románticas-pactadas-por-el-calendario’ como la nuestra.

Portada: El rastreo me lleva a Juergen Teller, 1964, fotógrafo de moda alemán. https://www.lehmannmaupin.com/artists/juergen-teller

Entradas Relacionadas

Deja un comentario

* By using this form you agree with the storage and handling of your data by this website.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More