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Sobremesa de té y de ti

by Mar Marquez
Sobremesa de té y de ti

Sobremesa de té y de ti

Quítate la camisa, ¿me oyes?


Acabo de terminar de comer y justo aparecen de nuevo, en este nivel de precisión horaria, mis inexcusables sobremesiles ganas de amor carnal.

Suelen sorprenderme justo después de engullir la última miga del almuerzo. En ese preciso instante en el que separo los codos de la mesa, cobro consciencia de lo encorvada que andaba devorando y alejo ligeramente el plato a la vez que levanto la vista del libro que me hizo comer absorta, como siempre, en esa hora tardía. Justo en ese momento de gloria en el que comienzo a liarme un cigarro mientras dudo si tomarme galletas o no con el té. Justo, justo, justo ahí me invade un cosquilleo que abarca el perímetro que va desde las rodillas, pasando por los genitales, subiendo por el pecho y llegando hasta los ojos y el alma.

Me saquea la adorable paz de mi sobremesa este espíritu rojo pasión que proyecto al otro lado del tablero, donde mis ojos no alcanzan a ver ninguna persona, pero mi yo salvaje te había sentado allí ya, a bocajarro y sin opciones.


— Quítate la camisa.

— No.

— Quítate la camisa, ¿me oyes?

— Te he dicho que no.

— Mírame — le exigí — . Bien. No apartes la mirada. Ahora, quítate la camisa.

Intentas bajar la vista hacia algún lugar sin interés particular de la mesa mientras tanteas el botón más cerca del cuello por donde decides empezar a obedecer.

— Saúl, no apartes la mirada. Continúa.

Vuelves a mis ojos con una mezcla de odio y deseo que me estimula aún más las ganas de joderte un rato.

— Bien Saúl. Échate para atrás, que te vea. Y quita esa mueca antipática. Tienes los labios demasiado bonitos para un gesto tan grosero. Vamos. Hacia atrás.

— Sabes que no me gusta que me observes.

— Te voy a quitar este jodido miedo a ser visto, cansino. Te he dicho que hacia atrás.

Te desabrochas sin gracia y algo aburrido, pero intuyo una sonrisa revoltosa detrás de esos ademanes de fastidio.

— Bien, Saúl, ahora ponte de nuevo la camisa.

— ¿Estás de coña?

— No. Ponte de nuevo la camisa, botón a botón, pero ya puedes mirar donde quieras. Lo has hecho genial. Puedes esconderte un rato, avestruz.

Saúl, desorientado, algo enfadado, inseguro y, sobre todo, inconsciente de mis próximos pasos, comienza a insertar con la paciencia de los redimidos la hilera de botones en cada ojal.

Me levanto riéndome y ofreciéndole un té.

— Me voy a preparar uno, Saúl, ¿me acompañas?

— ¿Sigues jugando? No sé que decirte.

— Dime sólo si quieres un té y luego cállate.

— Vale, ya veo… Sí señora, la acompaño en el té y me callo.

—¿Negro, verde, con azúcar? ¿Mejor un café?

Me miras con esos ojos aniñados y preguntones. Levantas la ceja derecha…

Bien, no has picado. Joder, cuánto me pone tu inteligencia …

Los sirvo y los acerco a la mesa. Te aferras a tu taza como si hiciera frío en esta tarde de primavera, buscas algo tangible donde sentirte seguro, y sueles sumar gestos y situaciones que rezuman incoherencia. Pero yo sé leerte y espero no pierdas esa actitud inquieta nunca.

Mi taza, sin haber sido ni tan siquiera sorbida una vez, ha pasado al baúl de indiferencia de los juguetes caducos. Me sitúo tras de ti y esta presencia te estremece.

— Tranquilo, Ssssaúl. — te soplo en el oído izquierdo.

Gruñes y me apartas en una sacudida de cabeza, como a una mosca pesada.

— ¡Oye! ¡He dicho que tranquilo! — te exclamo en una risa mal contenida.

En un segundo, cambio el tono de mi voz y te repito por encima del hombro mientras te agarro fuerte del cuello: “ Te he dicho que tranquilo, ¿te enteras? No vuelvas a hacerlo.”

La serenidad de esta orden explota en tu cerebro como lo ha hecho en mis bragas, que se tornan húmedas al percibir la resistencia placentera que precede al abandono de tu respiración en mis manos. Te sostengo unos segundos, abres los labios exhalando parte del poco aire que te queda…Te pillé desprevenido y eso te lanzó una erección tan rápida y cónica como un cohete.

No has acertado ni a soltar la taza que sigue sosteniendo tu papel en esta obra. Relajo la fuerza de mis manos y te acaricio el cuello hacia el borde de la camisa. Apoyas la cabeza en mi hombro, y rozándote las mejillas comienzo a desvestirte.

— Hueles muy bien Saúl. Ahora te vas a quedar aquí quietecito y bien callado, que tengo asuntos pendientes en este cuerpo.

Enlazo la maniobra del último botón de la camisa con la hebilla del pantalón. ¿Qué tendrá ese deslizar del metal por el agujero del cuero? ¿Ese gesto de diabólico padre enfadado al resbalar la correa por cada trabilla? Por unos segundos deseo que te envilezcas, me agarres del pelo forzándome sobre tus rodillas y me pongas el culo morado de azotes. Pero ya he llegado a la bragueta, te la abrí y te estoy sacando la polla y los huevos por ese hueco del pantalón.

Quiero mirarte así, por encima de tus hombros, expuesto como se exponían a los esclavos, para valorar lo que veo, para decidir qué hacer con tanta carne propia.

Ato tus manos por detrás de la silla. Una sugerencia que me apuntó el alma perversa de tu cinturón.

Terminé. Me ha costado pero no has dicho ni mú.

— Bien , Saúl. Bien callado — te asiento mientras me coloco sobre la mesa, delante de ti. Me apodero de tu taza de té y le doy un trago largo.

— ¡Está casi frío joder!— y vierto de nuevo el liquido sorbido dentro de la taza.

— ¿Quieres? — te ofrezco, acercándola a tus labios.

Juego con ellos y el borde de la cerámica. Te esperaba rebelde, sin embargo para esta inmovilidad no estaba preparada. Termino por apartarla y sustituirla por un buen lametón que prolongaré hacia una de tus mejillas. Te seco los restos de saliva con el algodón de mi blusa.

— ¿Ves? Te cuido

Ver como emana cada centímetro de piel de entre la camisa y el pantalón, en una carretera sin curvas, de asfalto hilado en el vello escaso y descuidado que te recubre, alimenta mi capricho de amarte en esta tarde de entretiempo.

Estás atado, descamisado y con el pantalón desabrochado. Tu miembro erecto me señala, tus ojos cuestionan quién tiene amarrado a quién. Yo deambulo entre todos los deseos que tu imagen y la sangre de esta digestión ligera me sugieren, y cualquier atisbo de pudor que pudiera tener este animal silvestre quedará impunemente anulado de aquí a …¿unas horas?

— Mi amor, hoy serás Saúl hasta que me harte y te escupa de mis colmillos con un mondadientes. Repite.

— Mi amor, hoy seré Saúl, hasta que te hartes y me escupas de tus colmillos con un mondadientes.

Me quedaré con él aquí todavía un rato. Espero el sonido del móvil no me obligue a volver a esta mesa vacía y me arranque de raíz de sus entretelas. Ayer compré Nocilla. ¿Tengo pan?

— Saúl, levántate. Vas a hacerme pan.

Pinta una tarde muuuuy larga….jajajajajajajajajaja

Portada: Lauren Bacall https://es.wikipedia.org/wiki/Lauren_Bacall

Mujer comiendo cerezas , Cristóbal Toral (1940, Antequera) http://www.lne.es/cultura/2013/06/10/cristobal-toral-intensa-figuracion/1425459.html

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