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Sin Bragas

by Mar Marquez
Sin Bragas

Sin Bragas

Mi alegato


Las grandes teorías que enmarcan un nuevo descubrimiento tienen la fama de caer del árbol de la casualidad. Pues yo, me he descubierto algo, fruto de ese mismo árbol casual;

Si sales a la calle sin bragas, te comportas diferente.

Vengo de una familia de bragas anchas. En mi casa, llena de mujeres cómodas y sin remilgos, se estilaban varias clasificaciones de trapos íntimos: las de estar por casa, las del periodo y las de salir. Sólidos estatutos.

Sin embargo, yo, por mi edad, me libré de la LOGSE pero no escapé a la moda del tanga, por lo que las huellas que el elastano suele dejarme en las caderas me ha privado de ese buen hacer que aprendí de mi madreEste es uno de los pretextos que avala mi ansiado desnudo veraniego. Y es ahí, en la orilla de la playa, nunca la misma, donde mi discurso inquieto se convierte en una cansina canción del verano:

“ ¡Otra vez más, con todos ustedes: Los Porqués para Dejarse el Bañador en los Tobillos!

Amigx que me sufres:
Bájate las bragas,
siente el sol en tus labios,
en tu glande
y en tus nalgas.
Abre las piernas al nadar
y posa allí tu mirada,
son tus pliegues trenzando un vals,
¡el agua es tu aliada!
Y en el envés,
para y date cuenta,
con buen descaro y más osadía,
que el sol brilla y tiene paciencia
de besarte el culo hasta las rodillas.

Pues eso, que nadar a rana puede pasar de deporte a pecado en menos de dos brazadas.

“Estoy cansada de ser poco natural todo el rato y no poder hacer lo que quiero. Estoy cansada de actuar como si no comiese más que un pajarito, estoy cansada de caminar cuando quiero correr o decir que me siento débil después de un vals, cuando podría bailar dos días seguidos y no cansarme”.

Scarlett O’Hara, Lo que el viento se llevó ( la novela, 1936 Margaret Mitchell)

Bueno, volvamos a la teoría que me convierte en una exitosa científica:

¿Qué es eso de salir sin bragas y comportarse de otra manera? A ver, pues;

Un cálido día de verano, en el descuido de los muy ocupados, me percato, al salir de la ducha y querer vestirme con prisa, de que no me quedan bragas limpias.

Ninguna, nessuna, nothing, rien, zero.

Ni las anchas, ni las del elástico destensado, ni las sobaditas viejas y caseras, ni el tanga cutre que traía de regalo no recuerdas el qué y que nunca tiras por-si-aca, ni las de la amiga que un día se duchó en tu casa, ni las de la mancha de sangre que no se va ni con crystal white. ¿Y las del agujero que cada vez está más grande? Tampoco. ¿Ni esa? Ni esa…

Busqué entre calcetines y sujetadores algún tanga ínfimo y recóndito que echarme a la entrepierna, y ni por esas. Nada, todo en el cesto de ropa para lavar.

Así que, salgo a la calle ataviada con un vestido elegido a última hora como alternativa a un pantalón, ‘al menos así no me rozará el totete’ — mascullé.

Pero cojo la moto, y me siento desprotegidaDe inmediato reparo en uno de los protocolos convertido en adjetivo de mujer, cerrar o cruzar las piernas, salvaguardarse, actitud femenina.

Yo ahora no puedo.

Llego a los semáforos y tengo que abrirme aun más. ¿Como una simple prenda de apenas unos centímetros puede dar tanta seguridad? ¿Qué hay detrás de toda esa idea?

Me cabreo, primero siempre me cabreo antes de ponerme a pensar.

Me cabreo más en el tercer semáforo, en el que vuelvo a comprobar tentativamente y con dedos disimulados, cual es el nivel de mi falda.

Tengo el foco en el miedo a ser vista, a caer y quedar coñi-expuesta, a que me vean y se interprete como un descaro, una provocación, miedo a que el algodón del vestido no este limpio del todo, a eso que llaman una infección de orina por sentarme en algún sitio.

Hostias, ¿en serio? ¿En serio no llevar bragas te puede comprometer a tanto? En serio, ¿solo por no llevar una prenda de ropa interior me sentía tan vulnerable?

Hay que cambiar la táctica; decido empezar a sentir.

Y siento , ¡oh, que si siento!

Siento la vibración del motor transmitida por el sillín, siento el calor que me traspasa el vestido negro, siento la piel de mis piernas acariciar los labios al andar, al sentarse en una silla de terraza y cruzar, ahora sí, las piernas. Siento el tacto del algodón y la falta de presión de la tira posterior del tanga. Siento relax, libertad y diversión.

Este acontecimiento me llevó a estar más de la mitad del verano sin encarcelarme entre encajes, gomas y lazos. El sujetador se sumó a esta fiesta estival, a esta rave sin hora de salida. Y me sentí tan libre de toda causa y objeto que, hasta el día que un chorro de flujo vaginal me comenzó a resbalar por las piernas y lo tuve que frenar con las manos, me sentí más conectada y segura conmigo que nunca. (No, luego no le choqué los 5 a naaaadie…hey , bro! )

No fueron 21 los días seguidos, por lo que el hábito no quedó en mí y la rutina de vestirlas cada día ganó su partida de nuevo.

Y ahora es cuando escribo esta bandera, porque ha sido en este mes cuando me he dado cuenta de cuánto poder nos da y nos quita el llevar bragas o no hacerlo.

Por un quehacer, en este cálido octubre, tuve que desvestir el tanga unos días. Y por sorpresa descubro una yo que le refanfinfla su postura en la moto, que aprecia aún más la escalada del sol por su monte de Venus, que siente intensamente la estructura de mimbre de la primera silla, en contraste, el mullido asiento del teatro, y el frío del banco de piedra del último cigarro.

En este cálido octubre, bien divertido que es el frío.

Andar y sentir tanta carne me excitaba, paseé unos metros más de los que me llevaban a mi destino. ¿Me contoneé? Ay, pues debo admitir que se me fueron las caderas, y creo que también se me afinó la cintura e impulsé el pecho. Con un vino de más y unas bragas de menos, estaba agitada.Andaba por la calle entusiasmada de sentirme. ¿No es acaso eso lo que hacen las bragas? ¿evitar que todo toque ‘eso’?

Pues ahora ‘eso’ lo tocaba todo. Y la sensación es muy poderosa.

Hasta puedo recordar el movimiento de la carne no sujeta; el culo más suelto, ondea hacia ambos lados, apolítico, y ese libertino vaivén me pone cachonda.

Solo me quedan unos metros para llegar a la moto y volver a casa y deseo que la casualidad me cruce con un chico que me gusta. ‘Me siento capaz hoy de todo’ — declaré.

Defiendo que hay que vivir más sin bragas.

Tu dermis, esclava del algodón, reclama su manumisión.

Si hay ganas de adornar cada día en una escala de notas, colores y juegos diferentes, he aquí uno para alimentarlo:

— Pierde las bragas por un día, adorna el paseo con las gotas de un tónico intensificador de orgasmos y comienza a amarte a cada paso.

Yo lo hago para mí. Y lo cuento para que juguemos todxs, porque toto se tiene como madre, uno solo en la vida.

¿A qué esperas para demostrarte cuánto lo quieres?

Foto Portada: Mujer tendido su ropa interior en una cuerda vista desde una plaza concurrida de Jerusalem Israel. guille@lorbada.com

Cuando leía historias sobre ladrones de bragas (Shitagi Dorobou 下着泥棒 : ladrón de ropa interior) pensaba que era algo así como una licencia del manga y del anime, pero nada más lejos de la realidad… https://creativoenjapon.com/2012/10/27/desde-japon-la-invasion-de-los-ladrones-de-bragas/

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