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Pajas asesinas

by Mar Marquez
Pajas asesinas

Pajas asesinas

Autoerotismo y mentalés.


Me imagino entre montañas de paja dorada, retozando sobre ellas, tirándome y dejándome caer desde arriba, desde cada uno de los montones apilados en el establo de una casa recién salida de una película del oeste.

Hierba seca que me engalana el pelo como confeti. Nube terrestre que amortigua mi desmayo consciente. Y me abandono a ese olor a campo, a sentir como me pican los costados, a los rayos de sol que se cuelan desde la puerta y templan el olor a humedad que viste la madera del techo y las paredes.


Nunca le había escuchado el término a nadie antes de que saliera de mis labios por primera vez: “Me estaba haciendo una paja cuando…” Me sonrojé al decirlo, pero negaba rotundamente el uso de lo único que había escuchado hasta el momento; un término vaginal y penetrante que no definía para nada mis costumbres autoeróticas: “Hacerse un dedo”

Primero pensé que claro…como usaba un dedo para acariciar mi clítoris enérgicamente, pues que de ahí vendría la expresión. Pero no. Más tarde averigüé que se usaban dedos dentro de la vagina para dar placer.

¿La verdad? A mí, no me daba.

Como esta información la conseguía de extraperlo a través de mis amigos, o novios, siempre hombres, decidí que no tenía nada de empírico estas confesiones juveniles. Y que había más de bulo y falacia en todo este engranaje lingüístico que una realidad constatable o cotejada.

Me reía de las ‘gallolas’ y las ‘manolas’ mucho tiempo antes de saber qué eran. Siempre rodeada de chicos…no me atrevía a preguntar, pero se me daba bien fingir esta sabiduría, y me reía con todos ellos en los tiempos justos y precisos.

Recuerdo mi curiosidad descomunal por saber, por tener respuestas a preguntas que no sabía formular. He perseguido esas respuestas durante más de 20 años. Las he vivido, las he conversado, las he sufrido, reído, llorado, las he leído y meditado y ahora, me toca hablar a mí.

Atiendo a mujeres y hombres de todos los colores, clases sociales, orientación sexual, gustos peculiares eróticos y edades; desde 18 hasta 84 años, que ha sido mi cliente más longevo. Y si debo elegir una característica común, un hilo conductor que resuma una esencia volátil que flota sobre todos ellos, la tengo:

La culpa.


El sol me calienta las piernas y decido subirme la falda, para sentir más. El sol me sensa, me seduce e invita a acariciarme pausadamente la cara interna de los muslos “Qué suave los tengo” Se me dibuja media sonrisa incontenible en la cara y pienso que de existir la felicidad completa, yo debo andar en un 99% . Sigo palpándome la curva de las piernas y esta vez cojo un puñado de paja que acompañe este camino.


La culpa judeo-cristiana que nos tiene calados los genes óseos. La culpa como control. La culpa como titular de las procesiones en esta Semana Santa, de la que no reniego, por su belleza estética y musical extrema.

¿Qué nos pasa con el autoerotismo? Nos es aún difícil de entender el autoplacer como un acto merecido en el cuerpo y mente de cada uno. Sí. Por haber crecido bajo los dogmas que lo castigaban. Por no haber sido respetados como niños exploradores. Por no tener ni un cuándo ni un dónde para poder desarrollarlo.

Nos pesa la culpa de corrernos demasiado rápido, la culpa de corrernos demasiado lento, la culpa de si me masturbo y pienso en otra persona podría destruir mi relación, la culpa de ser un pajillero por no interesarse por nada más, la culpa de sentirse adicto por el abuso de esta práctica, la culpa de no poder llegar a la penetración, por sostener erecciones semirrígidas, la culpa por tener 35 años y nunca haberse masturbado, por tener 50 y haber tenido dos orgasmos, por no sentir placer vaginal sino ‘“solo” clitoral, por llevar años fingiendo el placer a tu amante.

La culpa nos atraviesa, nos marca, nos sella en la frente como una res que carga con el peso común de un miedo generalizado que nos hace querer buscar respuestas a preguntas que no sabemos formular.

Nos morimos en cada paja, nos matamos a pajas a escondidas de nuestras parejas, hasta nos han acusado de ser unos extraños pervertidos por hacer uso de pornografía mainstream…no te digo ya si te pillan con otra rareza. (Sí. A mí me acusaron de usar porno ya siendo una mujer adulta en mi propia casa. Y me hicieron sentir extraña, sucia y por supuesto culpable. Después de aquello, comencé a hacerlo totalmente a escondidas y asegurándome de borrar bien el historial del ordenador).

Las pajas te provocan ceguera… “Bruta, ciega, sordomuda, torpe, traste y testaruda. Es todo lo que he sido. Por ti me he convertido” que diría nuestra Shakira, muerta a pajas. Putas pajas asesinas. (¿Ves? Se me va la olla…a ver si va a ser verdad…bueno, da igual, sigo. Escribiendo, me refiero…)


Paseo puñados de paja amarilla por todo mi cuerpo. Cada tallo seco se va haciendo trizas mientras me araña y acaricia a partes iguales. Se estremece mi respiración mientras aumentan mis latidos. La carne. El cuerpo. Soy carne y soy cuerpo. Bruscamente mi mente toma el control de la escena: “Me meo” . Las manos no han parado este vals carnal y pronto se aleja el torpe miedo que me ha frenado durante unos segundos. Me acaricio los pezones y froto la carne desnuda de las nalgas contra esta montaña de heno deshonesto. Nada ha tocado mis genitales ni por un instante, sin embargo lo siento ahí, justo en el clítoris, una presión, que de estallar, me podría ensordecer…Y crece, y truena, y me meo sobre la paja dorada que me arrulla. Relajo mis músculos pélvicos y dejo emanar un agua tan dorada como el sol que me sigue dibujando, tan dorada como el color del calor que me empapa las piernas y el culo, y tan dorada como esta paja en el pajar. Sin agujas perdidas que encontrar, solo con deseos libres de culpa que experimentar.


Ha sido un viaje largo y tosco. Lleno de pajas mentales. Mi cabeza dura no asimila rápido, no se cree lo primero ni lo segundo y contrasta lo leído con lo vivido y con lo compartido por los demás hasta límites, a veces, extenuantes. Insufribles para los que me rodean y son atacados con mis ‘por qués’. He tardado en entender que ya tenía algunas de las respuestas y que las preguntas que no se formulan, tienden a ser las mismas para todos. Porque nos une nuestra esencia humana y nos anuda el mismo deseo. El deseo de ser sexo, de ser carne, de ser cuerpos en un mar de diversidades y poder tocarnos en paz y amén.

El hombre de paja en El Mago de Oz quería un cerebro. Yo ahora quiero ser cuerpo, y seguiré retozando en mis fantasías pajilleras hasta que me tope con ese otro cuerpo con el que remover este pajar. O que venga a tumbarse en él, a mi lado.

Foto portada: https://www.lavozdegalicia.es/noticia/deza/2009/12/13/lalin-1926-ojos-mujer/0003_8168117.htm

San Agustín y el Diablo por Michael Pacher (1471–75) en la Alte Pinakothek de Múnich. San Agustín (354 d.c.) es considerado el padre de la iglesia latina, y aquel que asoció los placeres carnales al mal. Aquí os dejo un poquito más de su historia. http://www.inspirulina.com/historia-del-sexo-las-confesiones-de-agustn.html


Cornelis Cornelisz. van Haarlem — “El fraile y la monja” (1591, óleo sobre lienzo, 116 x 103 cm, Museum Frans Hals, Haarlem).Divertida historia la de este cuadro: http://www.elcuadrodeldia.com/post/153551159408/cornelis-cornelisz-van-haarlem-el-fraile-y-la

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