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Mi coño como un manantial

por Mar Marquez

Llegamos borrachos a casa. Como cubas. Con mililitros de más de vino, sake y ginebra. No acierto a recordar si nos abalanzamos en los primeros escalones de aquel cuarto sin ascensor o la caída sobre el otro, en peso muy vivo, fue directamente sobre el sofá blanco del salón. Fuera como fuese –malditas lagunas alcoholizadas–, lo recuerdo voraz y limpio de vergüenzas.

«He encontrado un restaurante de sushi que te va a encantar. ¿Me aceptas una cena?», recibí, iluminada por unos segundos, esta frase sobre el fondo de pantalla de mi móvil. Me desorienté. Me hallaba absorta en el análisis de la última app de calendario menstrual que me acababa de descargar. Feliz en mis ajustes de días de buen humor, intentando recordar la fecha en que me vino el último mes. «Iba vestida de azul, con el pantalón setentero. Pero ¿a dónde iba? ¿Qué día fue?», trataba de descubrir cuando recibí el mensaje.

Andábamos sentando las bases de no sabíamos qué. Nos habíamos visto con cierta frecuencia en los últimos dos meses; un par de cafés con prisas, un paseo casual tras tropezar en la salida del metro, la fiesta de cumpleaños de un amigo común. Algo más de lo habitual. «Una cena», pensé.  «Se cena de noche, ¿no? Es una cita. Una cita real», me aturullé conteniendo una felicidad adolescente que me invadía por segundos. «Pues vámonos a cenar», le escribí segura. «Dime día, hora y lugar y allí estaré. Bueno, veinte minutos tarde, ya sabes jjjj …  para no variar   ».

Salimos del restaurante ciegos de sake. A pesar de compartir sobre las motos que nos esperaban en la puerta un par de besos y alguna confesión sucia de encuentros deseados, no nos habitó la fuerza de llevarnos mutuamente a alguna de nuestras casas. «Siempre he querido ir contigo a un peep show», dijo alguno de los dos al otro. «Yo quiero compartir tu cuerpo en un club liberal, sin dejar de mirarte a los ojos», le dijo el otro al uno. «¿En serio? ¿Después de diez años, ahora nos atrevíamos a hablarnos así?», acerté a pensar, prometiéndome que dejaría los análisis clínicos para mañana y que hoy me disponía tan solo a dejarme llevar. Las conversaciones con Saúl siempre habían sido así de fáciles. Nunca nos vimos con la frecuencia de una amistad cotidiana, pero valorábamos cada charla casual que nos brindaba el trabajo que compartíamos. También compartíamos amigos muy cercanos, y siempre acudimos a los eventos concertados por estos, en los que las copas ayudaban a profundizar en palabras y pensamientos más desenfadados. «Siempre supe que éramos igual de guarros, Saúl», le susurré. Mi cerebro deambulaba nervioso, asimilando lo maravilloso de este encuentro de almas en una noche que acababa de empezar.

Le llevé a uno de mis rincones favoritos, que aún no quiero desvelar. El primer gin-tonic hizo hablar a nuestras manos. En el segundo, rozamos las mejillas, y un tercero para dos inició quién sabe qué conversación con el barman, que encendió de golpe las luces del bar. «Venga, vámonos, cierra-bares», dijimos a la vez. Hacía menos frío que tres copas atrás. Sin decidirlo, caminábamos del brazo. Yo forcejeaba con el foulard, nerviosa, ocupando las manos con alguna tarea que resultara creíble. «¡Ay, qué calor!», lancé para rellenar el silencio. Un silencio que nos alejaba de las motos y nos acercaba a su casa.

En el taxi procuramos actuar con la normalidad que les confiere a dos adultos después de diez años de amistad. Hablamos con el taxista. «¿Dura la noche?¿Qué tal, cómo va?».

Al salir del taxi usó su móvil como linterna, «Lleva dos noches así la calle ya…». «¡Vaya, qué jodido!», le contesté sintiendo el peso de cada paso que me acercaba a ese portal tantas veces visitado.

Nos derrumbamos sobre el sofá y caímos al suelo del salón. Teníamos hambre. Estábamos muertos de hambre del otro. Años de hambre atrasada. Sus labios, que tanto había observado en sus largas disertaciones sobre el todo y la nada, ahora se apretaban fuerte junto a los míos. Encajada en su cuello y oliéndole el pelo, comencé a sentir la impaciencia de sus manos. Me acariciaban la cintura y subían por el torso, a la par que desvestían mi jersey por encima del pecho hasta los hombros.

Me froté contra su pierna que, como la bandera en la conquista de un país, se hallaba enterrada, fuerte e inamovible entre las mías. Pararon los besos y comenzaron las miradas. Yo me agité más contra esa pierna, fuerte, haciéndole saber que nada pararía este ejercicio de placer. Y él supo entender.

Me apretó el coño con decisión por encima del pantalón grueso. Tres palmadas fuertes y un «a ver, espera, quítate esto» antes de empezar a deshacer el abrazo de cada botón.

Un laberinto de pantalón por las rodillas y botas altas frenó la melodía en la que estábamos enzarzados, pero aprovechamos para subir de nuevo al sofá y convertir, desde ahí,  esta noche en historia.

Yo, desnuda, de rodillas en el brazo ancho del sofá. Él, descamisado y de pie ante mí. Con una mano me sujeta el cuello y me besa en un cóctel de furia y ternura. Con la otra masajea mi vulva azarosamente. «Nos conocemos tanto y tan poco. Así no me voy a correr en la vida», pensé. Me gustan las caricias suaves y jugosas, pero la sequedad de la palma de su mano y la extremada fuerza que aplicaba en esta fricción me desconcertaba, empezaba a creer que para bien. De repente dejó de besarme y pasó de nuevo al juego de las miradas. Fijé la vista en sus ojos y le vi un brillo especial. Creo que hasta los vi sonreír.

Puso un dedo dentro de mí. Estaba caliente. Su mirada y su dedo estaban calientes. Introdujo uno más y comenzó a follarme con ellos en un ritmo acompasado de impulsos y pequeños tirones pelo. Mis gemidos le hicieron sacar la lengua y lamerme la cara una vez, para volver a su posición de mirón después. Es confuso recordar con suavidad un momento de cierta violencia física. Me tenía arrodillada allí, en la esquina del sofá blanco. El cuello tensado por el pellizco que su mano ejercía sobre la base de mi pelo. Su mirada segura, y sus dedos batiéndose en duelo dentro de mí. Gemí con más fuerza. Nombré una deidad. Le enseñé los dientes y acerqué la cara haciéndole saber que me gustaba, que siguiera y que me podía dar más.  Maravillosa comunicación no verbal la nuestra. Llevábamos años riéndonos de las mismas bromas, sentados cada uno en una punta de la mesa. Una simple levantada de cejas y ya sabíamos a donde había que mirar para reírnos juntos después.

Aquel día era un ahora, un ahora de gestos obscenos entendidos igual que cualquiera de las mil bromas que colmaron esos diez años de amistad. Mi gesto le dijo «dame más». Y su respuesta fue algo inesperado.

Noté cómo doblaba sus dedos. Noté cómo arqueaba la palma de su mano y cómo las venas del antebrazo se colmaban de sangre. Creció su pulsión, su empuje, su fuerza. Agitó sus dedos con ira, furia, amor, desenfreno y me respiraba cerca, con esa cara violenta de los que se esfuerzan en darlo todo y más. Nunca había sentido nada igual. Con frecuencia, en ese punto, siempre decidía parar, pero esta vez decidí atender a cada célula de mi vagina. Decidí prestarle la atención de las que no tienen prisa, de las que no piensan, sino que sienten cuando están de rodillas en un sofá, con los dedos de su amor platónico amándola con vehemencia. Sentí mi útero tenso, con la vagina algo dolorida, cuando me dispuse a relajarme y soltar los miedos y tensiones que me arañaban. Entonces, sentí cómo sus dedos me penetraban con la fuerza y ritmo de lo que me pareció un jodido loco, hasta que de repente oí chapotear. Sin cesar en su tarea, su mano me empezó a mojar. Mis muslos temblaron y desfallecían en la tarea de sostenerme. Puse los ojos en blanco y comencé a descender hacia atrás. Sus dedos no flaquearon en ganas y siguieron empujando entusiasmados, salpicándome la cara, la barriga, las piernas. Continuaron moviéndose dentro de mí. Mojaron el sofá y sus vaqueros con un inesperado chorro que salió sin control, por entre los dedos que me apretaban. Sacó la mano y salieron de mí descorchando la boca de una botella de champán. Oí cómo caía entonces en el suelo, oí el sonido de las gotas primero, el chorro después. Oí una lluvia que brotaba de mí y anegaba dos metros de parquet blanco bajo sus pies. Mientras, mi cuerpo iba cayendo hacia atrás, sostenido por la fuerza de su brazo, que me agarraba desde los hombros hasta la nuca. Los muslos se abrieron, el agua emergió de mi coño como un manantial y pensé que aquello nunca iba a parar, a pesar de que no pensaba en nada.

Me acarició los muslos, mientras secaba sus manos en ellos. Cogió las últimas gotas que resbalaban por mis labios mayores y las untó sobre ellos con movimientos suaves y circulares. Acariciaba al animal que había despertado y sucumbido al mismo tiempo. Lo calmaba.

–¿Qué coño ha sido eso, Saúl?

–Eso mismo, belleza. Tu coño, que ha bebido esta noche demasiado.

Saúl destapó este frasco, cuya esencia, desde entonces, no he sabido serenar.

Portada: Shunga, Arte japonés (1600-1800) https://es.wikipedia.org/wiki/Shunga

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