Exhálame

by Mar Marquez
Exhálame

Exhálame.

Una historia sin premio.


(Relato erótico presentado a concurso con tema central ‘el vino’ y que no ha ganado ningún premio. Ni el tercero. ¿Seguro que lo quieres leer? )

Me quemé. Eso me pasa por mear donde no debo. La inconsciencia de la resaca me dio valentía para salir a la azotea tal que así. La presión pélvica me oprimía y convirtió en imposible la tarea de bajar los trece escalones que se interponían entre mi urgencia y el sentido común. Una mujer me avistó desde su balcón, al otro lado de la calle, y me agaché instintivamente mientras reparaba en cuánto de automático había sido ese gesto por mi parte. No me alteraba en absoluto que me vieran desnuda en cualquier situación y sin embargo, me encogí en un fingido pudor de media mañana. El suelo ardía bajo mis nalgas. Baldosas alargadas de tonos rojizo que hervían bajo los rayos de un septiembre muy vivo.

Entoné aquella canción de Drexler sin reprimir cierto tono de burla por lo antagónico de mi situación. “El vino que pagué yo, con aquel euro italiano, que había estado en un vagón, antes de estar en mi mano”, canturreé acuclillada y de buen humor. Mi vino no iba escoltado de dulces arpegios de guitarra española, ni había montado en el tren de las imágenes tópicas. Mi vino no evocaba labios rojos que sorben unos stiletto, entre medias y medias sonrisas sorprendentemente blancas. “El vino que pagué yo con ese euro ganado, de propina en el cajón, de los simples empleados”, me atreví a parodiar riéndome de mi propia vulgaridad. Este vino distaba mucho de esas ciudades que sonaban tan cosmopolitas en la canción. No. Yo vivo sin comillas y mi vino, allí, brotaba y me empapaba los muslos desvergonzadamente. “Luego tendré que subir a limpiar”, farfullé. “Que no se me olvide”.

Volví reptando agazapada ―las miradas inquisitivas de los vecinos tienen ese poder― hacia esa cama improvisada de colchonetas y sábanas descoloridas que diseñamos la noche anterior. “Pasemos la noche bajo la luna”, había soltado al cruzar la puerta del salón mientras dejaba las llaves sobre la mesa. Le sonreí prudente, buscando a mi alrededor la cámara oculta de esa broma que me acababa de gastar. “Lo digo en serio”, confirmó, ya con un par de cojines bajo el brazo. Agarré lo necesario casi sin pensar y esta propuesta excitante comenzó a latir violentando mi respiración. Mientras subía la escalera delante de mí no pude más que hundir la cara en su culo. Le mordí la piel, me perdí en su coxis y lamí cuanto encontré en mi camino hasta que este baile de dos consiguió trepar cada peldaño.

“Cincuenta años, mi amor, y estos hoyuelos siguen aquí igual de…”, acerté a decir pellizcándole la cara a oscuras antes de que, fingiendo un enfado infantil, me agarrara las muñecas y me lanzara una mirada lasciva, difícil de gestionar inmovilizada. Así que, adelanté el cuello y entreabrí la boca. Su lengua paseó por mis labios, dientes y encías exhalando la equilibrada acidez, cuerpo y estructura que valoró con pedantería en la segunda copa de vino que me había servido horas antes. Después recorrió las dunas que ondean desde mi barbilla al pubis y saboreó como un sumiller el dulce aroma de la uva que aplastaba en mi lagar. Su lengua seca lamió los rincones de mis labios, clítoris y vagina hasta que, en el recuento de esta interminable lista de vaivenes, me quedé dormida. Así, sin comillas.

Aturdidos e incontinentes; así se despiertan los seres humanos tras una noche regada de pasiones maduras. En la terraza, el sol me castigó por descarada y al volver mojada, sucia y algo turbada descubrí de nuevo esos ojos que se reían. Irónicos y somnolientos, se abalanzaron sobre mí , envolviéndome con la sábana como si de una red se tratase. Siento el aroma tánico de la boca que impronta el calor de su aliento por encima del tejido hacia mi piel. “¿Donde nos habíamos quedado?”, me consulta mientras me retiene en esta crisálida de algodón. “En el principio, en la vendimia, mi amor”, respondí, feliz de saber que me quedaban aún unas horas de maceración, trasiego y embotellado.

Portada: Curtis Wiklund https://culturainquieta.com/es/arte/ilustracion/item/8947-un-hombre-crea-un-dibujo-al-dia-durante-un-ano-para-documentar-cada-dia-que-pasa-junto-a-su-amor.html

Los Puentes de Madison , 1995, Clint Eastwood.

“No quiero necesitarte porque no puedo tenerte”

Los Puentes de Madison, 1995

Robert (Clint Eastwood) a Francesca (Meryl Streep). Y que viva el amor romántico que me tenéis hasta el higadillo ya, joder.

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