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El Observatorio

by Mar Marquez
El Observatorio

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Lugar y verbo


Observaba mi alrededor con precisión hasta los 16 años cuando una amiga me espetó: ‘Tía, te comes mucho la olla, piensas demasiado. Deja de pensar’

Llevaba escrito para entonces unos 4 diarios y 2 libretas de reflexiones, microrrelatos e intentos de canciones, en los que la edad había teñido de negro el léxico, las ideas y el ánimo. Cualquiera que lo leyera podía pensar que me hallaba sumida en una profunda depresión sin salida, pero yo solo observaba, reflexionaba y lo comunicaba, en una culta adolescencia que decidí dar por terminada.

El mundo me dolía a cada mirada, me dolía la mendicidad, el yonkismo de mi barrio tan visible en la época, las pateras que llegaban a Tarifa, aprender que la policía no era lo que pensaba, que la gente se riera del travestido aquel de la peluca pelirroja, que en el hombre que vendía chanquetes puerta a puerta existiera la paradoja del tanto y tan poco a la vez; tan moreno, tan delgado, tan sin dientes. Ese era el mundo que rodeaba a una adolescente gaditana de provincia, que cuando, en la Feria Real de Algeciras, los turroneros aplaudían a viva voz de micrófono las virtudes del turrón blando en un “para el que no tiene dientes”, pensaba a veces en este señor.

Me dolía el amor sobremanera. Había estado profundamente enamorada y sufría un desamor igual de profundo que el amor que fue.

Había observado este amor desde el segundo uno en el que me pidieron salir. Fuimos al cine y a tomar una granizada. Un amor en el que el beso no llegó hasta los 20 días de paseos por la playa; las tetas a los 4 meses, con manos que trepaban curiosas y perdidas entre las capas de mis camisetas y jerseys; todo lo demás, fue arribando en el pulso unísono de la prisa de él y mis ganas de saber.

El Observatorio de Aves de mi localidad, registró entre sus paredes y el cielo estrellado el placer de las caras de estos dos pipiolos. El Faro también iluminó los primeros orgasmos; larguísimos e intensamente proporcionales al tiempo que invertíamos en llegar a ellos. Las arboladas y calas vírgenes nos escondían en las horas, y horas, y horas de extenuante placer carnal sin penetración. Y en el eco de aquellos parajes de la Costa de la Luz se grabaron canciones de rock, gemidos, los odios viscerales de la adolescencia y muchas bromas con el olor dulce de chuches de peseta y los primeros cigarros.

Estaba abierta a todo, a amar sin miedo, a sentir sin tiempo y sin frenos, nada era mucho o poco porque no había con qué compararlo. La mesura de todo dependía de él y de mí, sin pasados, sin fantasmas ni mochilas, como se dice hoy en día. (Ajadas metáforas que odio oír y usar)

Recuerdo observar su mirada brillante, sus manos tentando los límites de mi disposición a bajarme las bragas, observaba el aliento, el grado de excitación en el sudor de su frente y la dureza del bulto bajo sus vaqueros, siempre de marca. Observaba la aparición de la humedad entre mis piernas, debajo del vestido, siempre de mercadillo.

Dejé de pensar, de observar, de leer, de escribir, de divagar, de escudriñar tal y como me había aconsejado mi amiga. Y el dolor del mundo y de la pérdida se amainó.

La intensidad del amor me sorprendió en 3 ocaciones más después de aquella primera explosión y con 18, 21 y 29 volvieron a acompañarme torbellinos de emociones polares que en positivo y negativo me acunaron hasta lo que hoy soy; una loba herida que no me avergüenza ser.

Hoy, esta loba defiende la soledad, la intimidad y la libertad de sus actos amatorios o no como una de las banderas que ondea en el horizonte de sus proyectos.

Hoy, esta loba contradice lo que acaba de decir hace 30 caracteres y desea un amor de ojos brillantes y risas incontenibles, un amor de viajes y proyectos compartidos, de vejez colmada de recuerdos de dos e hijos y nietos que la vengan a molestar.

Quiero dejar de observar la vida en pareja de los otros y empezar a construir la mía, una vez más. Y enterrar el hacha, y dejar de luchar contra la primera persona del plural.

Así, he vuelto a pensar, a observar, a sentir, a leer, a escribir, a divagar, a contradecirme, a escudriñar, a alzar la voz ; y me vuelve a doler el mundo; y en ello residen mis ganas de luchar; sola o en grata compañía.

Foto de Portada: Ilustración para ‘La selección natural’, de Charles Darwin (Nórdica, 2016)

El ídolo eterno, Auguste Rodin (1840 -1917)
El beso, Rodín (1840–1917) http://www.musee-rodin.fr/es/colecciones/esculturas

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