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El banquete de Saúl

by Mar Marquez
El banquete de Saúl

El banquete de Saúl.

Comer, chupar y amar.


“… y sus ojos se encontraron con los de Pedro. En ese momento comprendió perfectamente lo que debe sentir la masa de un buñuelo al entrar en contacto con el aceite hirviendo”.

Como agua para chocolate, Laura Esquivel.

No cocino con delantal. Tampoco desnuda. Siento alejarme de ese mito erótico donde se conjugan ambas cosas. De hecho, no te acerques a mi laboratorio de sabores sin una muy buena excusa o un gran argumento porque puedes salir abruptamente escaldado.

Si traes unas manos curiosas, que sean firmes y decisivas. Si es una polla donde se aloja la curiosidad, que sea categórica y rítmica. Puedes bajarme el pantalón y verme cocinar con nalgas al viento.Puedes tocarte y hablarme con verbo sucio desde la silla, o desde donde tú quieras.

Pero ni manos, ni polla, ni culo, ni verbo podrán, intentarán, o deberán interponerse en mi único camino y meta: la armonía poética que siento al elegir cada ingrediente y la melodía que con ellos trazo en mis cacerolas.


Acabo de invitar a Saúl a comer, de nuevo, a la misma hora y en el mismo lugar que la última vez que apareció en una de mis historias.Pero hoy Saúl tiene el pelo más largo, algo más de barba y un cuerpo moreno y fornido. Saúl es hoy un hombre de piel salada, de mirada segura y sonrisa etrusca (;-)

Vendrá tarde, quizás ya haya almorzado en la oficina, como él llama a su lugar de trabajo y que yo imagino lleno de mesas con hombres y mujeres que interaccionan en códigos semiformales de apariencias cordiales y laboriosas. Los supongo escondiéndose de sus más perversas esencias. Unos ante otros, bien vestidos, bien sonreídos, acallando lo que el propio Saúl silencia en los recodos de su viciosa cabeza. ¿No pensáis eso de vuestros compañeros de trabajo?

La oficina, territorio erótico cuya grafía me eleva las piernas sobre una mesa sobre la que exponerme húmeda ante la mirada atónita de directoras, técnicos, secretarios y becarias.

La oficina, protagonista pornográfica que me arrodilla bajo las mesas para empapar suculentas rajitas y humeantes vergas ante los disimulados gemidos de toda la plantilla mientras me deslizo entre unas y otros como una gata hambrienta.

Pero, ¿sabes qué? Que no hay nada que me moleste más que los horarios preestablecidos, así que, haya comido o no, cocino como para una bacanal navideña, sin obedecer a nada que pueda enfriar este impulso de lactancia. No invité a Saúl ni a almorzar ni a cenar, tan solo le susurré en letras blancas con fondo azul “Ven a comer”, y a comer, del mismísimo verbo, vendrá.

— Pobre Saúl, seguro que anda malnutrido con un sandwich por allí y un café de máquina por allá. — me convenzo para no decaer en esta faena que me lleva ocupando ya más de tres horas.

Suena el timbre y se me llena la boca del sabor de su piel. Un flash de recuerdos mojados me eriza y desampara al otro lado de la puerta. A veces la soledad irrumpe en el momento menos pensado.

— Vamos, empieza el juego. — me digo respirando e implorando a la paciencia que me colme de serenidad.

Entra Saúl, que si cierto es que trabaja en aquel lugar impronunciable para mi sin volver a caer de rodillas, ha tenido que pasar por casa antes de acudir a esta cita porque desprende ese brillo de los libros nuevos.

Sonrisas cruzadas. “¿Has venido en moto?”, le ayudo a quitarse el abrigo. Un ‘Hummm, qué bien huele’ de corte y cortesía; cojo su mano y tiro de él hacia el comedor.

— Siéntate bombón — le declaro, porque lo es.

— ¿Dónde, en esta? — responde absurdamente tocando la única silla que tiene al alcance.

Me coloco detrás de él y le ayudo empujándole levemente los hombros. Freno el impulso de arrojarme como un ave rapaz sobre su nuca, igual que un vampiro de los buenos, de los que se muerden el labio y sangran antes de meter la pata y cargarse a la protagonista del film.

— Madre mía, Saúl, me lo pones muy difícil. ¿Por qué me haces esto? Me estoy empezando a enfadar. Llevo cocinando más de tres horas y vienes y te presentas así, brillante, con el pelo mojado ondeando hasta los hombros, ropa amplia y sonrisa fresca, ¡o al revés!. ¡Ay, ya no sé! Me confundes, no sé ni lo que digo…

No voy a permitir que se enfríe nada de esto. Ignoraré el dibujo que trazan las venas de sus brazos y la pulsión que este latir le manda a la bragueta. Aún no hemos empezado y ya le adivino una erección entre las piernas.

— Muy mal, Saúl. Pero que muy mal. — le medio murmuro dándote golpecitos en ese creciente bulto del pantalón. — ¿Sabes lo que le hago a los comensales impacientes como tú? — le medio grito enseñándole venda y cuerdas para atar.

Tengo que tapar irremediablemente esos ojos, la comida lleva un rato servida y no me puedo permitir ni un minuto de retraso más, o tendré que follármelo entre salsa de pato, tortillas de camarones y el hielo del tartar.

Sí, vaya mezcla, ¿al azar? No. Una mesa de seis comensales repleta de comida para dos — sin entrantes ni primeros ni segundos, sin orden , sin medidas y sin tiempos — representa lo que soy y lo que, hoy, quiero que sea Saúl: mi anárquico banquete.

Ya le tapé los ojos y, aún sueltas las manos, me acerco por la espalda rodeándole el cuello desde atrás. Introduzco mi dedo índice en su boca y le obligo a entreabrir los labios impulsando con firmeza la mandíbula hacia abajo. Jugueteo con la lengua que, expectante, se retuerce como una lombriz enganchada a un palo en cada golpe dactilar. Su cabeza descansa sobre mi pecho que la sostiene y con la otra mano, entre los juegos caprichosos de la primera, le inserto la primera cucharadaceviche de atún con semillas de sésamo tostado. El fuerte golpe de lima le hizo soltar un brote de saliva extra, que tragó sorbiendo sonoramente sin recato. Su sonrisa me desvela que le gustó el primer bocado. Me unto los labios de wasabi, meto las manos en un tazón y cojo un puñado de salmón marinado con dados de aguacate y cilantrocon cada una. Me siento sobre él y mientras me agarra con fuerza por la cintura le embuto ambas manos en la boca, en una mezcla de ‘a la vez y por turnos’ que le atora el trago. Un trago que apenas había comenzado cuando lo irrumpo con un beso picante que se entremezcla con el bolo, las ansias y el ardor intenso y breve de este rábano japonés del diablo.

El beso nos hace ondear nuestras pelvis al galope y sin montura, pero una mirada furtiva hacia el paisaje que se distancia en el ocaso del lejano oeste me revela la mesa, el lugar, el tiempo y mi rol.

— ¡Para! — le bramé. — ¡Saúl, para, maldito! No tienes remedio y no me dejas otra opción. Pon las manitas hacia atrás, querido, esto no te puede volver a pasar o te juro que te obligo a comerte toda la mesa.

Tomo uno de los cuencos. Me arrodillo a la espalda de la silla de donde, obedientes, cuelgan las manos algo rígidas, de Saúl. Las embadurno de babaganoush y por cada vuelta de cuerda sobre las muñecas, le lamo un dedo. Otra vuelta, un dedo más. Ahora me hocico en la palma de las manos que unidas, asemejan un plato que relamer. Limpio de su carne cada gramo de este exótico paté con el que suelo cumplir en las cenas compartidas. La última vez lo llevé a una en la que diez comensales terminaron hablando de teorías de la conspiración y manidos titulares de política. Este recuerdo me hizo bendecir este jodido momento.

Gateo sobre las rodillas y me acerco a la mesa. Jamás, repito, jamás uso un verbo sin ser plenamente consciente de su significado, por lo que ahora, Saúl, te voy a bendecir. O a bautizar. No sé, pero en este punto ya tengo en la mano una copa de vino blanco, he sorbido un trago y le estoy dando a Saúl de beber.

— Sául, toma de mis labios — y le vierto el largo sorbo que retengo en la boca. — Saúl, te bendigo — le digo mientras me tropiezo entre risas y le escupo el resto del líquido en toda la cara.

Lamo cada gota y cada surco de su cara. Aprovecho para volver a dar y a beber de la misma copa, intercambiando besos, fluidos y salivas. El vino blanco pide comida, así que Saúl abre la boca y se prepara, sabe él solito que viene más.

Una cucharada de sopa de remolacha con queso fresco batidoLa traga. Hasta tres bocados a una crujiente tortilla de camarones. Mastica. Un corte de pato asado en salsa, un tenedor de ensalada de espinacas, langostinos, mango y nueces. Le doy a chupar una salchicha rebozada en salsa de mostaza picante, un bocado de calabacín relleno de carne al horno, un trozo de salmón al champagne y una albóngida en tomate gaditana. Lo engulle todo sin rechistar.

Continuo introduciéndole raviolis caseros de calabaza, penetrándole con canelones de pollo y foie con bechamel, refrescándole con pinchadas de ensalada de granada, manzana y rúcula y acunándole con nuggets de pollo rebozados en kikos.

Un anillo de espaguetis con almendras y berenjenas, un trozo de solomillo a la pimienta con coñac y una cucharada de lentejas con chorizo terminan el primer asalto que Saúl ha librado, vencedor, entre gemidos de gusto.

No he reparado en avisar de que le abrí la camisa hace rato y que parte de esas embestidas de cubertería colmada cayeron en su pecho y fueron lamidas, sorbidas y mamadas a lo largo y ancho de su escote y vientre.

— Sorbe Saúl. — le acerco un Moscow Mule recién hecho. El jengibre y lavodka, como dicen los que lo beben, pondrá de nuevo el contador a cero.

Me he subido la falda, y me siento en la mesa, frente a mi comensal. ¿Qué tendrá este Saúl que siempre termina atado y delante de mi en esa posición tan indefensa?

— Inclínate hacia delante, huele y haz.

Ávido de carne fresca, Saúl me hinca su cabeza entre las piernas y me besa y muerde el monte de Venus mientras me inserta la lengua con una fuerza descomunal, entre los labios.

— Despacito, que te vas a atragantar. Disfruta, que nadie te va a robar el plato, joder.

Relaja esa dureza muscular con la que me atacaba maniatado y comienza a lamer ricamente los jugos de mi propia excitación.

— Así me gusta, suave, como un helado. Chupa Saúl, sorbe y mama.

Mientras le sujeto la cabeza con una mano, la otra se le acerca con un manjar. Le tiro del pelo para hacerle levantar la barbilla, y vierto sobre el néctar que le llena la boca, una ostra helada con un ínfimo toque de limón.

— Sigue comiéndome, Saúl. Deléitame mientras engulles ese manjar y tendrás más.

Obediente o deseoso de más perlas del océano, Saúl me comió y me comió hasta devorar seis más de estos tesoros marinos. Por cada ostra, unos minutos de placer clitorial. Seis ostras, muchos minutosMi primer orgasmo no tardó en llegar.

— Ahora quiero que me veas — le digo, quitándole la venda con un gesto rápido. Abro un par de erizos ante sus ojos negros, que como una sombra, me siguen, y recogí en una cuchara el total de sus huevas. Acerqué mi cara a la suya y puse la cuchara entre los dos. — Esta delicia es para compartir alientos, Saúl. Saca la lengua y ponla junto a la mía. — le expongo mientras vierto la cuchara en un recién nacido nosotros.

No me he bajado la falda, y me paseo de pie acercando un plato de allí, y un cuchillo de allá. Un bol transparente sobre hielo, una tabla de madera con un puñado de ingredientes bien acuchillados y un trozo de carne cruda que hace que Saúl me mire con ojos intensos y exaltados.

— ¿Vas a prepararme un tartar? — me interroga con esa entonación dibujada que le da Saúl a las preguntas.

— Me voy a desnudar, te voy a desnudar, vas a contemplar como te hago el tartar. Lo pondré en tu cuerpo y comeré de y a ti. Después me sentaré en tu regazo y lo comerás de mi pecho. Te forzaré a esconder esa mirada entre mis tetas mientras te monto como a Fenérikos ‘Portador de la Victoria’Ahora toca comer tartar sí, pero sobre todo toca follar, Saúl. Y te voy a follar bien fuerte y sin respiro. Espero que no te vayas a atragantar.

Por mis fervorosas embestidas o por mi falta de experiencia en ataduras, este David de Miguel Ángel logra zafarse de las riendas y de mi, dejándome enfurecida y desconcertada.

— ¡Siéntate! — le ordeno y se ríe

— Saúl, ¡te he dicho que te sientes! — le espeto mientras me tapa la boca con la suya, me ase de las caderas y me sube a la mesa ensortijada en su cintura.

Comienza a penetrarme feroz y rápidamente. Como un lobo hambriento, como cualquier animal salvaje que llevara mucho tiempo sin comer. Me tumbo de espaldas sobre la mesa, alargo los brazos y agarro, no sin la extrema dificultad que los embistes me provocan, un trozo de pan. Pan recién hecho, de trigo con un toque de pimentón de la Vera. Lo pellizco y consigo mojarlo en la yema de un huevo frito que aún sigue con su candor.

— Toma, mi amor, come. Estás hambriento.

Saúl, en su ritmo de fiera, sigue engullendo todo aquello que le acerco a los labios. Y yo, le seguiré engullendo a él, al menos, unas horas más.

Portada: Como agua para chocolate, (1992)es una película mexicana basada en el libro homónimo de la escritora mexicana Laura Esquivel que rompió registros de venta como el más vendido de los últimos 20 años.

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