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Cuando veo un hombre de esos.

por Mar Marquez

Cómo me sulibeyan.


Suelo cambiar mi posición corporal cuando un hombre apuesto se aproxima a cualquiera de mis cinco-más-uno sentidos.  Es un acto reflejo que se escapa a los límites de mi consciencia. Es más, suelo cambiar mi posición corporal cuando cualquier hombre que desprenda vivacidad anda por mi periferia. 

Me dignifico. De repente, ande como estuviere, tomo una inmediata consciencia de mi corporalidad, del espacio que ocupo, de mi presencia más tangible y la modulo. Mis conexiones neuronales, con su propensión a los deleites carnales, cambian el paso, la sujeción del talle, la inclinación de la barbilla, la languidez de la mirada y la indiferencia controlada. 

También a la inversa tiene mi cerebro autómata esta función. Así es, cuando esta presencia masculina ha estado impregnada de cierto mal rollo, el antierotismo brota de mis actos con la convicción de un táser. Comerme un bocadillo con la boca abierta, forzar un eructo, encorvar la espalda o masculinizar mis movimientos me han ayudado a evitar miradas que trascienden la seducción callejera hacia lo rarito-rarete, échate p’a allá psicópata. (Recuerdo: párrafo 1 “desprenden vivacidad”, no psicopatía. Las anécdotas desagradables en torno a este tipo de asaltos callejeros, que no tienen nada que ver con una tosca seducción grosera, las dejo para otro día. )

Me cruzo con ellos, con uno de esos hombres digo, en las aceras, en el ascensor, en la barra de un bar, en la gasolinera, el banco, el gimnasio, los comercios… Y tengo presente su otredad. No deseo a ninguno. El caso es que soy capaz de ver el erotismo vivo que reside en cada uno de ellos. A veces, su erotismo está inerte. Ese también lo veo. 

Yo solo los observo. No intervengo. Les observo y mi cuerpo reacciona. 

Soy una aficionada a la virilidad en su estado más añejo, más tradicional, a veces incluso ruin. Albañiles, mecánicos, camioneros o conductores de cualquier tipo (tengo una predilección especial por los hombres que conducen como si hubieran nacido con un pedal bajo el pie). También el arquetipo del fontanero, electricista, butanero o cualquiera de esas profesiones que llenan el silencio de las cocinas con el chasquido del metal de sus herramientas. Esos que llenan el vacío de las medias mañanas en las que una se pone tontona porque nadie corre por casa, ni hay tareas tan urgentes como para no pararse a tomar un trocito de queso y un café, de pie junto a la ventana, un ratito.  Un hombre hacendoso a media mañana cruzando por la puerta del salón que acabas de fregar. Huele rico, el salón. Él no. Él huele a quinto sin ascensor y a caja de herramientas. Aspiras sus feromonas como una raya de coca y, zas, se te abren las pupilas y el coño « chocolate, late que late». Me han contado decenas de estas historias y me arrodillo a venerar a algunas de estas mujeres. Por el atrevimiento de oír sus propios deseos carnales y sacarlos de su clandestinidad. Algunas otras, las menos, han sido del grupo de las raritas-raretas psicopáticas que han acorralado al mozo en cuestión, esas que no aceptan un no en su significado puro y literal. 

Una versión renovada de estos machos llama-timbres matutinos son esta creciente comunidad de repartidores mal pagados,  tan estresados que la proximidad femenina para la firma digital en el aparatejo ese que traen no les mueven ni una ceja. El estrés mata la tensión erótica, el deseo, la imaginación y toda la pesca. 

(A ver, haciendo un ejercicio de humildad, también es posible y más que probable que el outfit casero con el que me suelen pillar no sea del todo motivante… Es que te adelantan los envíos y te queda con cara de « ahora no , por dios», cuando suena el timbre.  «¿Pero por qué me sigo poniendo este puto pantalón del pijama? » Pues porque está muy suavito, joder.)

Sea como fuere, yo cuando abro la puerta de mi casa y veo un hombre de esos me tenso y hago cuenta mental de qué cojones llevo puesto, si tengo alguna miga en la cara y me atuso el pelo como un gato mientras les observo. Solo observo a ellos y mis reacciones. 

Porque la existencia de los otros significa, da sentido a la nuestra propia. Porque coquetear es el verbo de los sexos. Porque la erótica personal requiere de mantenimiento y reformas y el único modo de que resista a las inclemencias de la vida es tu propia capacidad de juego. 

Hombres y mujeres que se cruzan en las aceras y se miran durante un breve segundo, que al entrar en el ascensor se huelen y aprecian sus «perjúmenes», que rozan sus codos en la barra de un bar, la puntas de los dedos al recibir el cambio, los hombros al tropezarse en el metro. Hombres y mujeres que se acicalan cada mañana para exponerse a los demás, a los ojos de los otros, de sus otros, de su otro, dueños de una erótica inconsciente que reacciona sin avisar al mínimo atisbo de juego y encuentro. 

Nada como trabajar en la barra de un bar durante años para coger el grado de « expertise»  en la materia.

Jueguen, queridos y queridas, y dejen que su dios Eros les alegre las rutinas del día a día. Cada segundo anodino de nuestras vidas están llenos de historia. La creatividad es la sal de nuestra supervivencia y la fantasía las croquetas que hacen de tu sexistencia un lugar más feliz.

La historia de esta canción y su peculiar forma de triunfar en España en 1977 la podéis leer aquí. Erotismo del fin de una dictadura. https://www.bbc.com/mundo/noticias-48107059

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